Miles de baleares de más de 65 años se ven obligados a elegir entre comer o renovar sus cristales.
La ceguera económica avanza imparable en Baleares. No se trata de un problema médico, es un drama financiero. Más de 27.232 personas mayores en nuestras islas están atrapadas en la denominada pobreza visual. No pueden costearse una buena vista. Según el último informe de la asociación Visión y Vida, miles de baleares de más de 65 años se ven obligados a elegir entre comer o renovar sus cristales.
Las cifras son estremecedoras. Una ayuda óptica media para un mayor cuesta unos 495 euros. Para una pensionista con una prestación de viudedad, ese gasto representa el 52,8 por ciento de su presupuesto mensual. Es decir, medio mes sin ingresos a cambio de recuperar la nitidez. En un contexto donde el 15,7 por ciento de los baleares ya roza el umbral de la pobreza (tasa AROPE), la salud visual se ha convertido en un artículo de coleccionista.
«Para lo que hay que ver, ya me llega». Esa es la frase que más escuchan los expertos en las zonas más vulnerables. Pero tras esa resignación se esconde un peligro mortal: soledad, aislamiento y riesgo de caídas. La mala visión no solo quita nitidez, quita autonomía. Un mayor que no ve bien es un mayor que deja de salir a la calle, que se deprime y que termina dependiendo de un sistema público que ya está colapsado.
El presidente de Visión y Vida, Salvador Alsina, ha lanzado un órdago a la Administración. No bastan los parches. Se exige una cobertura estructural similar al Plan VEO de los menores. Baleares necesita campañas de prevención agresivas y, sobre todo, asistencia económica directa para los más vulnerables.
Señalan que si el Estado no interviene ahora, el coste social mañana será inasumible. Una caída por mala visión o una dependencia prematura cuestan mucho más que unas gafas progresivas. Ver bien no puede ser un privilegio de clase. Es un derecho básico que, a día de hoy, se le está negando a 27.000 vecinos de nuestras islas por el simple hecho de ser pobres.











