La casera apiló sus enseres en la azotea y los echó de la habitación aprovechando que habían salido.
La vivienda es hoy en día una mina de oro para muchos arrendatarios, pero algunos llegan a límites que parecen sacados de una película de terror. El escenario un piso con habitaciones compartidas en Palma.
Agentes de la Policía Nacional han detenido a cuatro personas —tres hombres y una mujer— acusadas de coaccionar y amenazar a inquilinos para obligarlos a pagar más dinero o abandonar la habitación que tenían alquilada.
La investigación arranca con una llamada de auxilio al 091. Una pareja llega a su vivienda compartida después de pasar el día fuera, pero algo no encaja. La puerta no abre porque han cambiado la cerradura.
Varias patrullas del Grupo de Atención al Ciudadano (GAC) de la Policía Nacional se desplazan hasta el lugar tras recibir un aviso. Allí los agentes escuchan un relato inquietante.
Los inquilinos aseguran que no es la primera vez que reciben amenazas. El día anterior, tras una discusión con dos de los hombres que vivían en el piso, la situación escaló hasta un nivel extremo.
Según su testimonio, los agresores les exigieron dos opciones: pagar más dinero por la habitación o marcharse. Las amenazas no fueron verbales sin más.
Durante la discusión, los presuntos autores portaban varias armas. Entre ellas, una catana de grandes dimensiones, un hacha y un arcabuz con cabeza de hacha.
Cuando los agentes llegan al inmueble, acompañan a la pareja hasta la puerta. La cerradura, efectivamente, ha sido cambiada. Los policías llaman. Desde dentro abre uno de los hombres que se encuentran en la vivienda. No está solo. Con él hay otros dos varones.
La pareja los reconoce inmediatamente. Son los mismos que, según denuncian, los habían amenazado el día anterior.
Los agentes acceden al interior junto a las víctimas. Pero la sorpresa aún no ha terminado.
La habitación ya tiene otro inquilino
Cuando la pareja intenta entrar en su habitación descubre algo todavía más grave: la cerradura de su propia habitación también ha sido cambiada. Varios hombres informaron de que la decisión la toma una mujer que se encargaba de gestionar los alquileres del piso. Según su versión, ellos solo ejecutaban las órdenes.
Los policías ordenan abrir la puerta. Dentro hay un hombre de avanzada edad. Está sentado. Acaba de instalarse. Explica que esa misma tarde había alquilado la habitación a una mujer.
La pareja busca sus cosas. No están en la habitación. Los tres hombres les dicen que por orden de la supuesta casera sus pertenencias habían sido retiradas y subidas a la azotea del edificio. Una patrulla acompaña a las víctimas hasta la parte superior del inmueble. Allí encuentran sus objetos personales apilados a la intemperie. Al revisar sus cosas descubren algo más: faltan 950 euros que guardaban en un cajón.
Poco después aparece la mujer señalada por todos como la responsable de gestionar la vivienda.
Los agentes le preguntan por el cambio de cerraduras y el desalojo improvisado de los inquilinos. No ofrece una explicación convincente.
En una de las estancias encuentran los objetos que habían aparecido en el relato de las víctimas. Había un arcabuz con cabeza de hacha, una catana y un sable de hoja curva.
Con todos los indicios sobre la mesa, los agentes actúan. Los tres hombres presentes en la vivienda y la mujer que gestionaba los alquileres son detenidos como presuntos autores de delitos de coacciones y amenazas.
Los cuatro fueron trasladados a dependencias policiales.











