Javier García: «Siento que el cuento ha cumplido su propósito cuando consigue abrir un diálogo»

Hablamos con Javier García, el autor de ‘Compartir no es fácil’. Es un padre y educador vecino del Pla de na Tesa.

Javier García Navarro, vecino del Pla de na Tesa, acaba de publicar el cuento ‘Compartir no es fácil’ con ilustraciones de Cris Seto.

El título del libro ya lanza un mensaje muy claro: «Compartir no es fácil». ¿Por qué cree que compartir sigue siendo uno de los aprendizajes más complicados?

Porque compartir implica mucho más que prestar un juguete. Significa aprender a esperar, a renunciar a veces a lo que uno quiere en ese momento y a comprender que los demás también tienen necesidades y deseos. Todo eso requiere una madurez emocional que se va construyendo poco a poco. Los niños y las niñas no nacen sabiendo compartir; lo aprenden cuando las personas adultas les acompañamos con paciencia y respeto.

¿Qué le llevó a sentir: «esta historia hay que escribirla»?

Como maestro y padre, he vivido muchas situaciones en las que un simple conflicto por un objeto escondía emociones mucho más profundas: frustración, miedo, inseguridad o simplemente necesidad de atención. Me di cuenta de que muchas veces les pedimos a los niños y niñas que compartan sin más, sin ayudarles antes a entender lo que sienten. Ahí nació este cuento.

¿Qué encontrará un niño cuando abra este libro por primera vez? ¿Y qué descubrirán sus padres que quizá no esperaban?

Los niños y niñas encontrarán una historia cercana, con personajes en los que podrán verse reflejados, empatizar con la protagonista, además leerán situaciones que forman parte de su día a día. Espero que se diviertan, pero también que se hagan preguntas.

Los padres y madres, en cambio, descubrirán que este no es solo un cuento para enseñar a compartir. Es una invitación a mirar las emociones de sus hijos e hijas con otros ojos y a recordar que educar no consiste solo en corregir conductas, sino en comprender qué hay detrás de ellas. También les servirá para entender que muchas veces nos tenemos que poner en la situación de los más pequeños.

En una sociedad donde muchas veces prima el «yo» por encima del «nosotros», ¿cree que educar en la empatía es más necesario que nunca?

Sin ninguna duda. Vivimos en un mundo muy rápido, donde a menudo cuesta ponerse en el lugar del otro. La empatía no solo mejora la convivencia; también ayuda a construir personas más seguras, más generosas y más felices. Creo que es una de las herramientas más valiosas que podemos ofrecer a los niños y niñas.

El libro habla de compartir, pero también de emociones. ¿Es imposible enseñar a compartir si antes no aprendemos a entender lo que sentimos?

Creo que es muy difícil. Cuando un niño o una niña dice «no quiero compartir», muchas veces está expresando algo que ni siquiera sabe explicar. Puede tener miedo a perder, sentirse desplazado o simplemente no estar preparado en ese momento para prestar lo que tiene. Si solo corregimos la conducta y no escuchamos la emoción que hay detrás, perdemos una gran oportunidad educativa.

¿Qué valores considera imprescindibles que un niño aprenda durante la infancia para convertirse en un adulto feliz y respetuoso?

La empatía, el respeto, la responsabilidad y la capacidad de reconocer y gestionar las propias emociones. Pero, sobre todo, me gustaría destacar la asertividad. Saber decir ‘no’ de manera que se respete tu propio deseo de manera que no dañe a los demás es algo muy difícil de lograr, pero que bien trabajado ayuda a las personas a hacerse valer. También entra en juego el saber aceptar los deseos de los demás, aceptar que me hayan dicho que no con respeto, indica una madurez emocional muy elevada.

«La literatura infantil ofrece algo que ninguna pantalla puede sustituir: un espacio compartido de calma, imaginación y conversación»

¿Cuál ha sido la reacción que más le ha sorprendido ante el libro?

Me ha emocionado escuchar a familias y docentes decir que el cuento ha dado lugar a conversaciones que nunca habían tenido con los niños. Cuando un cuento consigue abrir un diálogo, siento que ha cumplido su propósito. Pero, sobre todo, que las niñas y niños que lo han leído se han sentido identificados con la figura de la protagonista.

Muchas veces los cuentos terminan enseñando más a los adultos que a los pequeños. ¿Cree que este puede ser uno de esos casos?

Creo que sí. Los niños y las niñas suelen entender muy bien los mensajes cuando se cuentan desde una historia. Los adultos, en cambio, a veces necesitamos que un cuento nos recuerde que detrás de cada comportamiento infantil hay una emoción que necesita ser trabajada y entendida. Si el libro ayuda también a las personas adultas a mirar a sus hijos e hijas con más comprensión, me sentiré muy satisfecho.

¿Cómo le gustaría que un docente trabajara esta historia en el aula?

Me encantaría que el cuento fuera un punto de partida, no un punto final. Que los alumnos y alumnas pudieran hablar de cómo se sienten cuando tienen que compartir, representar situaciones cotidianas y contextualizadas, buscar soluciones entre todo el grupo y descubrir que no hay emociones buenas o malas, sino maneras más o menos adecuadas de expresarlas. Ponerles nombre a las emociones ayuda al alumnado a expresarse y hacerse entender.

¿Qué papel cree que tiene hoy la literatura infantil frente al exceso de pantallas y contenidos digitales?

La literatura infantil ofrece algo que ninguna pantalla puede sustituir: un espacio compartido de calma, imaginación y conversación. Leer un cuento juntos no es solo leer; es crear un vínculo, detener el tiempo durante unos minutos y regalar a los niños una experiencia que recordarán mucho más allá de la historia. Mientras que las pantallas no dejan espacio a la imaginación ni a la conversación, los cuentos ayudan a que puedan imaginar, conversar, crear otras historias relacionadas… hay un amplio mundo por descubrir. Un cuento cuando son más pequeños ayuda a entender un libro cuando crezcan.

Vivimos en una época de prisas. ¿Se está perdiendo el hábito de sentarse a leer un cuento en familia?

En algunos casos sí, y es una pena. Entiendo perfectamente el ritmo de vida que llevamos, pero dedicar diez minutos a leer juntos puede convertirse en uno de los momentos más importantes del día, ya sea a la hora de ir a dormir o para relajarnos después de una actividad intensa. Puede servir para relacionar hechos del cuento con vivencias de nuestro día a día y poder conectar con los niños y las niñas. Enriquece el vocabulario, así como las expresiones y el uso de la lengua.

El gusto por los cuentos aparece muy temprano, antes incluso de que los niños y las niñas sepan hablar. Mirar cuentos y que se los leas es algo que adoran. A medida que crecen, parece que ese gusto, en muchos casos, se va perdiendo si no se desarrolla un hábito sano por la lectura.

¿Hay algún personaje del libro con el que usted se identifique especialmente? ¿Por qué?

Me identifico un poco con todos, porque cada personaje representa una forma diferente de vivir las emociones y que pueden ser situaciones que vemos constantemente en nuestro día a día. Y no están hechas con ningún tipo de maldad, eso es lo que hace que la protagonista esté confusa y no sepa cómo desarrollar su competencia a la hora de compartir, ya que recibe mensajes contradictorios. 

Si pudiera resumir en una sola frase el mensaje que quiere dejar a cada niño que lea «Compartir no es fácil», ¿cuál sería?

«Muchas de las cosas que hacemos, tenemos que hacerlas realmente si así lo deseamos. Compartir es una de esas acciones.»

Si dentro de diez años un niño que hoy lea «Compartir no es fácil» se cruzara con usted por la calle y solo pudiera decirle una frase, ¿qué le gustaría escuchar?

Me gustaría que me dijera: «Aquel cuento me enseñó que siempre merece la pena ponerse en el lugar del otro y saber lo que realmente quiero». Si una sola persona recuerda ese mensaje y lo lleva consigo, será un gran estimulante.

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